La identidad con la que uno se percibe a sí mismo, "la identidad", es un concepto tan frágil como el del reflejo en el espejo o la sensación de conciencia. Depende de protocolos sociales, jerarquías comunitarias y avances personales efímeros; pende de un hilo.
No hay pruebas claras de la conciencia del ser existente. Si acaso el dolor, la alegría momentánea: sensaciones que, del mismo modo que el término “conciencia”, nos son difíciles de definir.
Nos aferramos a lo que nos hace sentir seguros y pertenecientes a nuestra actividad, al lugar donde actuamos, o a nuestros sentimientos (que a veces luchamos por seguir sintiendo, por que sean constantes).
Nos proyectamos en nuestro proyecto.
Y así, somos.
Uno necesita del Otro para medir su postura ante las cosas, o su grado de avance personal.
En las comunidades cerradas, como pueden ser la comunidad literaria o la cinematográfica del mundo "occidental", estos procesos pueden ser altamente hirientes. El trabajo del creador o del artista depende directamente de sus cargas emocionales o de su visión filosófica del mundo. Se abre como un libro ante los demás, aún sin confesar su opinión, porque no es necesario: vive de contarla.
El Otro nos calcula, nos mide midiéndose a sí mismo, sugiere y aporta, tolerante, admirador, desdeñoso; inferior o superior. Porque así funciona. Todo se resume a burdas jerarquías, necesarias para la constitución de los valores de lo común.
Si por momentos nos toca sentirnos "abajo" dentro de nuestra comunidad profesional o social, de golpe, una parte de nuestra identidad – en la que interfieren las facetas emocionales y de proyección de lo que somos – se convierte en un vacío abismal que nos aspira hacia dentro.
El azar nos ha otorgado la posibilidad de concebir lo “puro”, lo “correcto” o “virtuoso”.
Somos capaces de vislumbrar el "Amor" (esa "media naranja", un complemento de nuestra identidad) o la "Pasión" en sus sentidos más amplios, las rectitudes morales y éticas, un hacer “pulcro” de las intenciones humanas.
A la par, somos absolutamente incapaces de llevarlas a cabo sin “mancharlas” con accidentes de por medio (las malditas terceras personas, los deslices viciosos, interesados o egoístas que nos sorprendemos cometer, atónitos).
Concebimos lo “pulcro” sin poder dejar de ser “sucios”. Porque ésa es nuestra naturaleza: nuestro avance personal depende mayoritariamente de los errores que cometamos por el camino y de las conclusiones (a veces duras, titánicas - nefastas) que saquemos de nuestro comportamiento.
Nos consta que no podemos contar con nosotros mismos al cien por cien, y que el sentimiento de culpa o la depresión de la inercia no borra las faltas ni nos ayuda cuando nos sentimos cansados de esa identidad que pretendemos “ser” y con la que no logramos lidiar.
Nos consta también que el trabajo, ya sea o no creativo, depende de lo jerárquico. Supeditamos nuestras obras o proyectos al filtro del Otro y nos corresponde moverla y venderla dentro de los patrones establecidos, nos gusten o no. Nuestros proyectos son proyecciones de nosostros mismos necesarias, desentendidas de los deslices humanos, y, como nosotros, son manipuladas cual marionetas hasta ser etiquetadas en un consenso general.
Nos consta que la "Pasión" es efímera y puede ser dañina, si no para nosotros, para el Otro. No hay mayor herida que el de nuestra carne transgredida por la piel desconocida de un tercer componente en la pareja, ni mayor traición que la del amante. Pero también consta que el instinto, muchas veces, prima.
Nos consta, según científicos, que el "Amor" entendido a lo Walt Disney no dura más de unos tres años.
A qué aferrarse entonces. En qué proyectarse, dónde reflejarse y respirar.
Qué ser o seguir siendo si no entendemos en profundidad parte de lo que nos configura, si es tan escurridizo e impredecible como el resto de las causas y los efectos.
¿Cómo pretender ser seres de rectitud moral cuando todo lo que nos rodea se mezcla, se ensucia, nos engulle, nos juzga?
Quizá el concepto de identidad se sustente a través de sensaciones y fenómenos mucho más animales de lo que llevamos tiempo pretendiendo.
Quizá sigamos siendo sencillamente por el impulso de la supervivencia, y lo sigamos filtrando todo a través de “nosotros” - nuestra peculiar visión de las cosas – por sentirnos más cercanos a un “clan” social o ideológico con el que deseamos sentirnos “identificados”, y dentro del cual procuraremos que se siga perpetuando nuestra descendencia (ya sea humana o conceptual).
Quizá todo el resto (lo que procuramos transmitir, cómo vestimos, cómo y qué decimos, qué ganamos y perdemos, cómo amamos, luchamos o la cagamos) esté supeditado a cosas muchísimo más triviales e insignificantes de lo que creemos.
Personalmente me cuesta concebir el mundo sin simbolismos auténticamente significativos, sin la pincelada Walt Disney, sin una respuesta sensata a cada "¿porqué?" que me planteo.
Pero es que, como todo el mundo, tengo la cabeza repleta de elementos efímeros, sin importancia, a los que probablemente me apego mucho más de la cuenta.
Como dijo un maestro de la India:
“No tienes nada que perder que no sea tu ignorancia y la máscara de tu personalidad”.