jueves, 4 de junio de 2009

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Soy el avión transatlántico que navega en las estrellas sobrevolando Brasilia. Un punto luminoso delimitado por abismo (¿Brasilia?) me grita desde abajo humanidad y silencios.
Saco de debajo del asiento un nuevo manto, oscuro y ahogado en chapas metálicas que destellan incrustadas,
para tirarlo con fuerza hacia arriba, donde no sale el sol.
Quizá sea mi tierra este manto celeste.
Llevaré puesto mi casquito oxidado y conduciré un batiscafo entre las telas nocturnas con sus chapas brillantes. Me acunará el manto que se mece al son patoso del motor estridente, obsoleto, y no acabará nunca mi idiotez.

viernes, 8 de mayo de 2009

monólogo (transigencias)

Se dice del madrileño que es un ser afable con mala leche que disfruta de la caña y su tapa cualquier día de la semana. Visto el precio de una terapia pese a lo que cotizamos en seguridad social, la forma más sana de celebrar la vida viene a ser la de compartir cantidades más o menos moderadas de alcohol y unas cuántas risas para poder cagarse unánimamente en Dios.
El modo de vida “izquierdista” treintañero se reduce hoy en día a ser abierto de mente, empático con el prójimo, y beber hasta la saciedad si no hay madrugón a la vista. Si uno es “del barrio”, no tiene ni que planear su salida. Con pasarse a saludar al camarero de la esquina ya está asegurada la cogorza, y probablemente también la diversión. Una diversión de índole humana y catártica: las barras nocturnas, sobre todo entre semana, están repletas de personajes radiantes, decadentes y bellos.

Dentro de su estrés y sus dimensiones pequeñas, la carencia de movimientos culturales concretos y de un alcalde decente, Madrid sigue siendo un pueblo grande que nos trata con transigencia. A veces, demasiada. Los barrios de tradición izquierdista han perdido el garbo con el que se requirió una diversión más auténtica y que potenció el despliegue de expresiones artísticas y culturales que se vivieron durante la Movida.
El centro treintañero "izquierdista", culminado últimamente en Lavapiés, es un ejemplo de respeto. Sus días suelen ser de la brisa que nos trae flautas de otros lados, charlas cualesquiera. La droga y su tristeza, el desarraigo, la diferencia, los ancianos y los nuevos, todo convive bajo un cielo puro y aplastante recortado por tejados. Sus mejores noches son senegalesas, marroquíes, e indias, europeas, de porros compartidos e invitaciones a cervezas. Pero ése Lavapiés tampoco es ya lo que era.
Cerraron lugares míticos, asociaciones culturales, casas okupas y escenarios gratuitos, desaparecieron camareros que sostenían el alma de sus bares y rehabilitaron cafés cargándose su esencia.
La apertura española al resto de la Comunidad Europea ha transformado la curiosidad inherente o el amor a lo imprevisto en formas más eficientes - más internacionales. Pero con esto no se han palpado mejorías. Más allá de la crisis, que padecemos sin ser nuestra, parece que nos hayamos quedado estancados en un punto intermedio insustancial.

Insultamos al gobierno abiertamente pero no planteamos cambios concretos. No podemos. Queremos más cultura, pero a veces nos cuesta mover el culo hasta la exposición más decente o encontrar fuerzas para seguir creando. Es más fácil bajar a la calle, saludar al conocido y pedirse un doble para seguir soñando. Quedamos con gente erudita en su campo, amigos viajeros, pero nos cuesta ahondar en temas profundos con asiduidad, día tras día. La broma es la salida fácil (necesaria) para olvidar que quizá no seamos eso que quisimos ser.

Para expresarse no hace falta dinero, hace falta público. Somos público, y aún nos quedan infraestructuras humildes aunque funcionales. Entonces, ¿por qué cuesta tanto toparse con una jam, una obra de teatro barata, un concierto bizarro cualquier día de la semana, a cualquier hora, en cualquier parte? ¿Por qué envidiar la diversidad artística berlinesa o de algunos barrios de París? ¿No es un barrio como Lavapiés un mejunje de mezclas y talentos?
Estamos todos jodidos, pero siempre lo estuvimos.
Fuimos los reyes de la expresión innovadora, de la queja sólida y la libertad artística. Hace muy poco algunos de nosotros abríamos garitos con pretensiones culturales. Nos drogábamos para pasarnos una cámara que grabara nuestras bocas, nos escupíamos heridas, esperábamos el alba y cambiábamos el mundo, gritábamos palabras de amor y de despecho en las esquinas, nos tirábamos al suelo: acentuábamos nuestras particularidades para generar performances, agitar las calles, abofetear la vida. Beber era una excusa para lograr alcanzar esa otra cosa que buscábamos. Alcanzábamos la búsqueda.
Hoy somos borrachos bonachones y aburridos, adormecidos bajo excusas, arropados por la farándula que nos promete. Estamos agotados de invertir en proyectos que olvidar.
Parece que la juerga, es decir, el escapismo, ha remplazado inquietudes que ya no se palpan.

Las calles de Madrid albergan momentos luminosos y personajes dolidos. Todos lloramos un poco por dentro, por lo que se justifica cualquier exceso y cualquier gesto generoso. Somos corazones al descubierto; nos cuesta fingir. De ahí la transigencia de Madrid. Nos las pasa todas. Nos acuna siempre. Nos saluda de noche con la sonrisa culpable de mañana, nos perdona la falta de horarios, nos acalla. Reúne a los solitarios y los alberga en la entraña de sus bares y el calor de unas palabras. Es el reflejo de los sueños decaídos que tuvieron algunos. Brilla con nosotros y se hunde con nosotros.
Festejar es necesario: entre otras cosas, eso nos cuenta Madrid.
Aunque quizá también nos pida que le cuidemos más el alma, como si algunas noches sus calles se agotaran de monotonía y de vacío. Quizá quisiera que nos dejáramos de aferrar a lugares conocidos y al arte que potencia para requerir esas otras creaciones, quién sabe si más auténticas o más humildes - menos politizadas -, y respaldarlas con nuestro apoyo y nuestra ansiada presencia.

lunes, 20 de octubre de 2008

monólogo (googleleable)

Vivimos aplastados por el media en sus diversos formatos. Nada de lo que haga el residente medio del mundo occidental tiene valor si no se publicita en los media o no es "googleleable". Una consecuencia lógica del ansia humana de superación y omnipresencia; Internet (o nosotros a través de Internet) ha remplazado a Dios, vaya. Claro que ésa es otra cuestión.

Son incontables las cosas que hemos ganado a través de este fenómeno; podemos publicitar nuestra carrera profesional nosotros mismos. Tenemos acceso a un abanico de artículos y referencias con los que ahondar en nuestra cultura general (ya no hay excusa). Así lo expone Ben Clark en su prólogo “No haber nacido: La réplica del replicante” del brutal poema de Escarpa:
“2. Pertenezco a una generación intelectualmente diezmada por Google, sin ella – porque es una mujer – soy incapaz de escribir ocho líneas seguidas (sería pasto de mis dudas y mi mala memoria)”.
Perdemos menos tiempo en buscar datos, direcciones, o en que las noticias lleguen a nosotros. Hasta encontramos de forma más o menos voluntaria a amigos de la infancia, que reconocemos a duras penas en alguna foto que nos da pistas visuales sobre cómo le ha ido en la vida (según su pose ante la cámara, el bebé que lleva o no lleva en brazos, la playa o el bar decadente de fondo, la corbata o la sudadera, su pose despreocupada o bien su sonrisa sosa y dócil). Se sacan tantas conclusiones en un abrir y cerrar de ojos; hemos globalizado la presentación del individuo por Internet. Todo lo sabremos de él o ella en cuanto cliquemos en su foto para Ver imagen en tamaño completo. O eso nos venden. El caso es que, aunque solo sea por unos segundos más o menos culpables, nos permitimos el goce de querer que así sea y escrutamos la foto del compañero como si fuera la foto del pack de yogures en oferta del mercado online. Y, una vez más, nos sentimos burdamente poderosos. Informados, con cierto grado de acceso a las intimidades ajenas - que en el fondo nos importan el mismo carajo de siempre. Estamos cansados de escucharnos comentar este “nuevo” modo de vida y encontrarlo “inhumano”. Aunque probablemente no haya nada más humano que la sensación de grandeza que nos otorga la conexión casera a Internet.

El caso es que, si bien hemos ganado en auto-publicidad, mapas y periódicos gratis, tampoco hace falta afirmar que es mucho lo que estamos perdiendo. Nos mandamos mensajes por móvil cuando en realidad queremos vernos. O bien, mandamos un mensaje para hacer creer que queremos vernos pero que no tenemos tiempo de hacerlo. Hasta conozco a gente que de vez en cuando se hace llamadas perdidas a modo de saludo. Esas llamadas no tienen significado más allá del "Hola, qué tal". Y como ya no hay ni tiempo ni ganas de contestar a ésa pregunta, se devuelve una llamada perdida para confirmar que está todo en orden. A veces le damos al botón, el número se marca solo, y con alguna excusa de por medio tenemos “ésa” charla pendiente en un tiempo récord y a metros de distancia. O bien mandamos un mail donde exponemos nuestra postura sin tono concreto para luego tender a dejar que pase el tiempo.
Si nos volvemos a topar con el receptor, actuamos como si todo estuviera dicho, asimilado y hasta perdonado. Nos saltamos procesos básicos relacionales de cara al Otro, y, de paso, probablemente también de cara a nosotros mismos. Hay temas delicados que resolvemos misteriosamente sin dar la cara hoy en día. Es decir, que sólo los resolvemos a medias.

Yo disfrutaba más de cagarme en la situación mundial pasando las incómodas páginas del periódico sentada en una mesa, que no un escritorio, a la hora del café. Las fotos impresas se me hacían más desgarradoras y me daban la sensación de estar tomando más conciencia del sufrimiento ajeno. En una cafetería se me humedecen los ojos ante una foto de Oriente Medio o la de un niño herido. También en un andén, en el metro o en un banco. Esa toma de conciencia es inherente al sentido de lo humano, y, en mi caso, el afligimiento que causa se acrecenta ante testigos humanos. Rara vez se me humedecen los ojos sola en mi casa. No es que sea insensible ante lo que me muestran de lo que sucede en el mundo: más bien se debe a que me he familiarizado con la realidad que nos pretenden desvelar a tientas a través del papel. El papel impone con más fuerza su contenido. La pantalla no deja de ser pantalla, que en un dichoso click ha dejado de existir.
Esto mismo se aplica a los libros online: sigo sin poder tomarme en serio una sucesión de páginas que leer en el ordenador. Si no queda otra, qué le vamos a hacer. Aunque siempre queda otra, por poco práctica que sea. Sencillamente no sabe igual.Un libro permanece en el tiempo, se traspasa, muta con la vida y su lector. Al igual que la foto o que el artículo impresos, que testifican de su existencia inmutable al envejecer entre nosotros.

Tampoco saben igual los álbumes o los nuevos temas. Todos hacemos trampa, y nuestras discotecas han engordado a una velocidad envidiable. Lo tenemos todo, de cualquier género. Bajamos material ansiosos, acumulamos sonrientes y finalmente le perdemos todo el respeto a los archivos. Tengo temas de jazz que he buscado por todas partes y que ni siquiera me he dignado a escuchar, porque los tengo. Aunque también afirmo pretenciosamente que por fin los poseo, y encima los obtuve gratis.Como todos, recuerdo con brutal nostalgia la indescriptible y sutil emoción de entrar en una tienda de música y preguntar por el disco soñado, tomarlo con extremo cuidado, regocijarme en la portada y en el nombre de los temas aún por escuchar para sacar con seguridad los billetes del bolsillo. Antes, había cosas cuyo precio era sencillamente incuestionable. Ése disco me acompañaba en la siguiente etapa de mi vida, que desde aquí recuerdo embadurnada de sus canciones y los colores de su carátula.Este cambio, este "No es lo mismo", ya se vivió cuando se remplazó el vinilo por el Compact Disc. Y es cierto: me siguen fascinando los vinilos, que requieren más espacio, más cuidado, más delicadeza al manejarse, que esconden trucos en sus ediciones especiales, que se confunden con los libros de arte en la estantería y que conservan, parece ser, una calidad de sonido insuperable. Aunque me baje una portada en mi computadora y la imprima religiosamente, no hay dónde comparar. No, no es lo mismo.

Con respecto al cine me sucede algo diferente. Agradezco el oscuro mercado internetero que nos permite ver estrenos sin salir a la calle, por un sencillo motivo: después de verla, la mayoría de las veces pienso honestamente que hubiese malgastado mi dinero en ver otra peliculeja más en cine. Culpa mía. Claro que no dejo de obligarme a ver películas que me tienen expectante en las salas. Por eso precisamente echo en falta más opciones en cartelera. Me sigue impactando el descenso de las luces antes de empezar los créditos - el mismo ocaso ficticio, profundamente mágico, que me impactaba de niña. Sigo disfrutando del respetuoso silencio de la sala, donde el tiempo se difumina y el espectador se olvida por completo de lo que existe allá afuera durante un par de horas. Algo que jamás proporcionará Internet.A los cineastas con talento y contenidos que explorar que no tienen dinero ni ganas de prostituír su proyecto, dicen, les va a tocar exhibir sus películas a través de páginas como Youtube. De nuevo, me parece lógico. E infinitamente triste.
Porque hay películas merecedoras de ocaso previo y de silencio respetuoso, y otras a las que se le otorga la majestuosidad de ese ocaso sin razón alguna.

Con Internet tengo nombre: existo, porque aparezco en Google.Aunque hay días en que desearía no estar en manos de cualquiera, no llevar teléfono y volver a sentirme inalcanzable, desaparecer de Google - no existir más. Y volver a concebir el tiempo de un modo más orgánico, respetar las cosas como cosas, contables y palpables en el entorno directo de uno, y reparar en preciosos y grotescos detalles de lo humano que se nos escapan si abrimos la página del correo electrónico a la vez que la del periódico, la de la empresa, y por supuesto la de Google, para salir de dudas.

lunes, 8 de septiembre de 2008

monólogo (barra 1)

Las justificaciones de la "bondad cristiana" vienen a ser la pista racional más asequible y simplona para aquél que ande perdido. Una filosofía tangible minimizada para llegar a las masas.
Si existió Jesucristo más allá de los mitos basados en ciclos y fundadores de lo social, se sabe que fue un visionario comunista, profeta del amor hacia uno mismo y los demás. Pongamos que pudo ser un hombre emocionalmente estable con las cosas claras, con un principio noble por el que luchar y por ende, en el caso del amigo Jesús, con las manos extendidas hacia el resto de individuos - neuróticos, hambrientos y confundidos por las circunstancias políticas y bélicas. Perdidos.
No se me ocurre nada más difícil que amarse plenamente a sí mismo; es más fácil amar a los demás primero. Y dar, siempre dar, para retrasar el momento de mirar hacia dentro.
Según muchos filósofos, toca quererse (para algunos, a través de "Dios" como puente hacia uno mismo), y luego querer.
En ese proceso estaría el camino hacia una existencia más o menos coherente, o con argumentos para encontrarle sentido por momentos.
Habrá que amarse.

Orange

J'oublie que tu me manques
Hélas!
Combien les années passent

viernes, 15 de agosto de 2008

Lluvia 1

Hoy soy masa dentro de la masa del recuerdo: esa Otra, que fue yo.
La que llora a la que la mira desde aquí.

miércoles, 30 de julio de 2008

Indulgencia

En Madrid nunca es tarde.
No se logra la soledad totalitaria entre sus vecinos y sus calles.
Madrid es la amante de las tardes dulces y las lluvias cortas, las farolas naranjas, las terrazas pobladas aunque también es la puta de los bares abiertos y los consentimientos eternos, la puta que otorga ahogarse en alcoholes y en las sonrisas de nadie.
Por eso su indulgencia aplasta.
El tiempo en Madrid se dilata en el estrés del día y la estrechez de sus noches, y las semanas van pasando, dilatadas, con las mismas ansias intactas.
A la larga, nada se mueve. En brazos de la puta, uno no lucha.
Uno espera sin saber bien qué, pidiéndose otra caña, proyectándose en amigos y repitiendo una y otra vez lo que uno está a punto de hacer y nunca hace.
"Cuidado con la puta", pensé la otra noche en una de las tantas barras.
Y quise volver a enamorarme de la amante y la promesa de sus luces, y ser su amada digna, de palabras honestas y actos consecuentes. Deseé que me abrazara una vez más la rigidez de su amor noble y volver a ser merecedora de la historia de sus barrios y del paso de sus horas, azulejos, sillas viejas, desproporciones. Y ver en sus caras seres decentes, profundos, marcados, y regresar a la ciudadanía del sentido. Responsable.