lunes 27 de julio de 2009

Prósperos

Son dos los continentes que duermen. El resto, acallado y sin tributos, grita al unisón.
Todos sueñan. Todos sufren.
Que griten los pueblos hundidos, con o sin líder que dilate sus voces.
Gritemos nosotros mentirosos de lo próspero.
Sin grito no hay cambio.

viernes 17 de julio de 2009

Binarios

Pongamos que la determinación (aquello definible como Logos, Dios, u Orden) es posibilitada por el Caos. De este surgiría, al azar, el Orden. Del Orden, derivaría todo lo pensable.

Lo ordenado (la relación binaria, anti-simétrica y no reflexiva entre los elementos de un conjunto) vendría a ser aquello que genera la armonía entendida en los términos de lo humano y recalcable en cualquier manifestación creativa o artística.
Imitamos lo que nos circunda y lo cosificamos, transformándolo en concepto para narrarlo bajo un prisma lírico; lo “amaestramos”, sin por tanto lograr asimilarlo ni controlarlo.
Necesitamos recordar nuestra condición de efímeros refiriéndonos al ciclo (vital), por ejemplo. De ahí el mito, que es lenguaje, y que posibilita la asimilación de lo que la mente percibe y concibe, pero no abarca.

La obra artística que perdure en el tiempo sería aquella que genere la sensación de universalidad, que se remita dentro de su estructura al origen (nuestro origen) y a la definición, imposible, de la co-existencia que supone el mundo tal y como somos capaces de percibirlo.

La escala de valores con la que vayamos calibrando la obra (la proyección del individuo con respecto al Conjunto y sus caracterísitcas temporales) dependerá de la lírica más absoluta - aquél lenguaje proprio de cada etapa categorizable que tiñe nuestros días.

jueves 4 de junio de 2009

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Seré el avión transatlántico que navegue en las estrellas, sobrevolando Brasilia. Un punto luminoso delimitado por abismo (¿Brasilia?) me gritará desde allá abajo humanidad y quietudes.
Sacaré de debajo del asiento un nuevo manto, oscuro y ahogado en chapas metálicas que destellen - incrustadas -, y lo tiraré con fuerza hacia afuera donde no pueda salir el sol.
Quizá sea mi tierra ése manto celeste.
Llevaré puesto mi casquito oxidado, conduciré el batiscafo entre las telas de noche y sus chapas brillantes. Me acunará el manto que se mezca al son patoso de mi motorcito obsoleto.
No acabará nunca mi idiotez.

viernes 8 de mayo de 2009

Transigencias

Se dice del madrileño que es un ser afable con mala leche que disfruta de la caña y su tapa cualquier día de la semana. Visto el precio de una terapia pese a lo que cotizamos en seguridad social, la forma más sana de celebrar la vida viene a ser la de compartir cantidades más o menos moderadas de alcohol y unas cuántas risas para poder cagarse unánimamente en Dios.
El modo de vida “izquierdista” treintañero se reduce hoy en día a ser abierto de mente, empático con el prójimo, y beber hasta la saciedad si no hay madrugón a la vista. Si uno es “del barrio”, no tiene ni que planear su salida. Con pasarse a saludar al camarero de la esquina ya está asegurada la cogorza, y probablemente también la diversión. Una diversión de índole humana y catártica: las barras nocturnas, sobre todo entre semana, están repletas de personajes radiantes, decadentes y bellos.

Dentro de su estrés y sus dimensiones pequeñas, la carencia de movimientos culturales concretos y de un alcalde decente, Madrid sigue siendo un pueblo grande que nos trata con transigencia. A veces, demasiada. Los barrios de tradición izquierdista han perdido el garbo con el que se requirió una diversión más auténtica y que potenció el despliegue de expresiones artísticas y culturales que se vivieron durante la Movida.
El centro treintañero "izquierdista", culminado últimamente en Lavapiés, es un ejemplo de respeto. Sus días suelen ser de la brisa que nos trae flautas de otros lados, charlas cualesquiera. La droga y su tristeza, el desarraigo, la diferencia, los ancianos y los nuevos, todo convive bajo un cielo puro y aplastante recortado por tejados. Sus mejores noches son senegalesas, marroquíes, e indias, europeas, de porros compartidos e invitaciones a cervezas. Pero ése Lavapiés tampoco es ya lo que era.
Cerraron lugares míticos, asociaciones culturales, casas okupas y escenarios gratuitos, desaparecieron camareros que sostenían el alma de sus bares y rehabilitaron cafés cargándose su esencia.
La apertura española al resto de la Comunidad Europea ha transformado la curiosidad inherente o el amor a lo imprevisto en formas más eficientes - más internacionales. Pero con esto no se han palpado mejorías. Más allá de la crisis, que padecemos sin ser nuestra, parece que nos hayamos quedado estancados en un punto intermedio insustancial.

Insultamos al gobierno abiertamente pero no planteamos cambios concretos. No podemos. Queremos más cultura, pero a veces nos cuesta mover el culo hasta la exposición más decente o encontrar fuerzas para seguir creando. Es más fácil bajar a la calle, saludar al conocido y pedirse un doble para seguir soñando. Quedamos con gente erudita en su campo, amigos viajeros, pero nos cuesta ahondar en temas profundos con asiduidad, día tras día. La broma es la salida fácil (necesaria) para olvidar que quizá no seamos eso que quisimos ser.

Para expresarse no hace falta dinero, hace falta público. Somos público, y aún nos quedan infraestructuras humildes aunque funcionales. Entonces, ¿por qué cuesta tanto toparse con una jam, una obra de teatro barata, un concierto bizarro cualquier día de la semana, a cualquier hora, en cualquier parte? ¿Por qué envidiar la diversidad artística berlinesa o de algunos barrios de París? ¿No es un barrio como Lavapiés un mejunje de mezclas y talentos?
Estamos todos jodidos, pero siempre lo estuvimos.
Fuimos los reyes de la expresión innovadora, de la queja sólida y la libertad artística. Hace muy poco algunos de nosotros abríamos garitos con pretensiones culturales. Nos drogábamos para pasarnos una cámara que grabara nuestras bocas, nos escupíamos heridas, esperábamos el alba y cambiábamos el mundo, gritábamos palabras de amor y de despecho en las esquinas, nos tirábamos al suelo: acentuábamos nuestras particularidades para generar performances, agitar las calles, abofetear la vida. Beber era una excusa para lograr alcanzar esa otra cosa que buscábamos. Alcanzábamos la búsqueda.
Hoy somos borrachos bonachones y aburridos, adormecidos bajo excusas, arropados por la farándula que nos promete. Estamos agotados de invertir en proyectos que olvidar.
Parece que la juerga, es decir, el escapismo, ha remplazado inquietudes que ya no se palpan.

Las calles de Madrid albergan momentos luminosos y personajes dolidos. Todos lloramos un poco por dentro, por lo que se justifica cualquier exceso y cualquier gesto generoso. Somos corazones al descubierto; nos cuesta fingir. De ahí la transigencia de Madrid. Nos las pasa todas. Nos acuna siempre. Nos saluda de noche con la sonrisa culpable de mañana, nos perdona la falta de horarios, nos acalla. Reúne a los solitarios y los alberga en la entraña de sus bares y el calor de unas palabras. Es el reflejo de los sueños decaídos que tuvieron algunos. Brilla con nosotros y se hunde con nosotros.
Festejar es necesario: entre otras cosas, eso nos cuenta Madrid.
Aunque quizá también nos pida que le cuidemos más el alma, como si algunas noches sus calles se agotaran de monotonía y de vacío. Quizá quisiera que nos dejáramos de aferrar a lugares conocidos y al arte que potencia para requerir esas otras creaciones, quién sabe si más auténticas o más humildes - menos politizadas -, y respaldarlas con nuestro apoyo y nuestra ansiada presencia.

martes 17 de marzo de 2009

Desnuda

El dolor que genera la pérdida del ser amado es implacable y comparable al que causa la muerte de un ser cercano. Lo desconfigura todo, vaciándolo, para mostrarnos la absurdidad de nuestro diminuto mundo.
Petra lo sabía; aún siendo fuerte y de pensamientos claros, llevaba años amando a la persona equivocada. Fueron varios los intentos por transformar la relación: al fin y al cabo, se habían amado. Tanto, que la incomunicación los agotó. Petra fue quien decidió que la ruptura fuese definitiva. Se sentía mal amada, por lo que no podía más que amar mal en retorno. El alivio fue mutuo en primera instancia y cada uno por su lado se enfrentó a la mutación.
Pulverizado, el corazón de Petra sangraba. Algunos días la sangre llegaba a sus pulmones. Otras, respiraba mejor por estar más cerca del olvido. Su soledad dejó de ser lugar de llanto para, desde el cansancio, comenzar a recordarse a sí misma. Sola. Sin intermediarios. La habían ahogado la monotonía de su lucha y la pesadez de las palabras.
Se impuso el silencio dos horas al día, con las persianas bajadas y el teléfono descolgado.
Entonces se desnudaba (evitaba los espejos) y se sentaba en el suelo, lo más cercano a la tierra posible. Primero se miraba las manos. Cada dibujo y cada imperfección. Luego se acariciaba la yema de los dedos con las otras yemas de los dedos. Se tumbaba sobre las baldosas frías y cerraba los ojos para concentrarse en cada rincón de su cuerpo. Los intestinos funcionando. La curva entre el ombligo y la cadera. El crujir de su dedo meñique al mover su mano, la flexibilidad de sus muñecas, el dibujo de sus rótulas, la longitud de sus pies, los tonos de su piel y sus partes rugosas.
Entonces solía ocurrir dos cosas; ahí tumbada, desnuda, la inundaba una sensación de profunda vulnerabilidad. Se sentía pequeña. Abandonada y ridícula, tumbada sobre aquellas baldosas. Volvía a mirarse con cautela y le repugnaban los dibujos de su cuerpo, su consistencia y cada milímetro de ése ser ajeno que la envolvía. La lástima le quemaba el esófago. Ese cuerpo no había sido amado. No era amable. El malestar, que tardaría toda la tarde y quizá la noche en esfumarse, la cubría entera. Si lloraba, el llanto era de asco. O bien, ahí tumbada, desnuda, la inundaba el sentimiento amargo y suculento del deseo. Amargo, porque al dividirse en dos (en la que observaba y la observada), sentía una soledad de tinte universal. Entonces cada pliegue se le hacía hermoso y súmamente único, y era tan enorme el sentimiento que la azotaba que tenía que sentarse para respirar y seguir amando a la observada. Aquella observada era suya: ella. La fascinación la abofeteaba. Sentía volverse a poseer en el trayecto de cada una de sus venas, y el peso en su pecho se desdibujaba por ser de la que observaba, y no de la observada.

Pasó el tiempo. Petra avanzaba en un espacio sin referencias. Muy lentamente fue capaz de disfrutar las noches de calma en su casa sin esperar a que sonase el timbre. También supo saborear las copas en los bares sin mirar hacia la puerta. Valoraba de pronto los viejos afectos y las sonrisas gratuitas, se sentía arropada por la sencillez de las charlas amables. Más tarde, el sol en la cara de camino a la farmacia o el viento en las esquinas, los perros, los niños: por instantes el mundo se le hacía armonioso y fácil de querer. Durante esos segundos, estar en vida era un regalo, y Petra no entendía cómo había podido despreciarla a causa del dolor. Pero entonces, al doblar la esquina, Petra se topaba de vuelta con el mundo humano, ése de palabras y de tiempos impuestos. Las sensaciones del sol o del ladrido eran tragados por el rugir de los coches y los gritos innecesarios - la frustración humana en general. En esos momentos de realidad excesiva, la asaltaba siempre la misma pregunta.
(¿Qué haría al verle?) No podría actuar como antaño. Tendría que ser cortante y no ponerse en su lugar. Luchar contra sus clásicas flaquezas, no oler, no percibir, no proyectar sobre su torso los recuerdos y seguir caminando. Ya lo había hecho. Sabía hacerlo. Lloraría después. Desaparecido el fantasma, llamaría a un amigo con quien beber, aunque primero se pediría una cerveza por su cuenta sentada en una mesa con vistas a la calle, para asimilar el vacile de las palabras dichas, el timbre de voz y el tono de los gestos. Disimularía el llanto hasta llegar al servicio. Cerraría con pestillo y se derrumbaría sentada sobre la taza del water bajada. Lloraría por sacar el dolor punzante que destilan los cambios, olvidada de todos en aquél baño cerrado. Luego se retocaría ante el espejo, y, sin sentir más, pagaría en la barra para encontrarse con su amigo. Pasaría una noche agradable, demasiado alcoholizada, y al día siguiente retomaría la gran farsa de ser fuerte.

Las piernas de Petra le pesaban al caminar: arrastraba con ella una piedra cancerígena de pasados perdidos, como un Sísifo imbécil. Era largo – eterno – el proceso. Tras el alivio del adiós, había sentido rabia. Una rabia atroz y sin respuestas, persistente. Con los días, había encontrado respuestas a las preguntas que no sirven (palabras encontradas a la fuerza y calculadas desde una razón sofocante), y el enfado le había hervido en el estómago, hora tras hora. Poco a poco se fue calmando, y el odio que la rabia había construido fue mutando en un amor exacerbado, la pasión truncada; de nuevo, el dolor. Lloraba tirada en el suelo o entre las sábanas, que no lograba abandonar. Triste y sola. Sola y triste. Aún vacía. Petra no pedía auxilio en esos momentos, era demasiado orgullosa. Pero la herida no cerraba. El llanto, ya fuera derramado o acallado, no cesaba.
Tras varias semanas de no encontrar ningún alivio, Petra se apagó. El sol en la cara, los perros, el niño: todo la cansaba. Cada día un trayecto similar al anterior. La misma calle, soporífera, y la misma gente, en el mismo bar. Petra se fijaba en los detalles decadentes (una pared manchada de moho, basura acumulada, el grito del vecino) y en las sutilezas que no se dejan ver como la languidez del gato, el tacto de la madera, la pesadez en el aire antes de la lluvia, la luz, el sonido, el frío, la sed, por ser elementos con los que se sentía identificada. Entrar en su casa, afrontar los quehaceres y el silencio, era devastador. Al no admitirlo, siempre encontraba trabajo que hacer o alguien a quien llamar. Aunque, en algún momento del día - bajo la luz triste de la tarde - se encendía un cigarro y escuchaba el silencio. Entonces se quedaba inmóvil recogida en su silla de trabajo, y soñaba despierta con estar muy lejos de ahí.
Lo que se deconstruían primero eran las paredes de su casa. Se agrandaba la estancia, se ensanchaban los metros, y su pequeña ventana se convertía en terraza. Estaba en medio de una casa vieja de Centro Habana. A la derecha, detrás de ella, se erguía una planta enorme de un verde intenso que se balanceaba despacio con la brisa. Fuera, la tormenta estaba a punto de estallar; en pocos minutos se liberaría la tensión del aire en un aguacero bello y brutal. La máquina de escribir en frente suyo, posada sobre un escritorio colonial de dibujos tallados que pesaba toneladas, le manchaba los dedos de tinta. La humedad convertía su ropa en una segunda piel mojada y, descalza, acariciaba el mármol fresco y desgastado con sus pies. Las paredes, enormes, derruidas, desdibujadas por el agua y por los siglos, la separaban cual fortaleza de los gritos de la calle.
Con el rugir de la tormenta se desconfiguraba la casa. Todo caía, destapando una llanura silenciosa bajo un cielo gris y digno. A su izquierda se divisaban las chozas y la silueta esbelta de las mujeres cargando con sus niños, coloridas y gráciles como gacelas pintadas. Llevaban cuencos de agua sobre sus cabezas. Se escuchaban cantos dolidos de voces de ancianas. La llanura estaba salpicada por árboles bajos de estructuras perfectas; todo era enorme, plácido, y el olor, indescriptible, le llenaba los pulmones de animales salvajes, de pieles negras sedosas y de kilómetros de camino hacia ninguna parte. Pero de golpe las paredes volvían a hacerse: esta vez la alumbraban luces cálidas, muy tenues, de una sensualidad desgarradora. Estaba sentada en un sofá de cuero que recordaba a la corte francesa roído por los años, y todo se veía envuelto por el humo denso del tabaco. En frente de Petra se daba una escena nocturna de miseria sonriente: las prostitutas, la mayoría criollas, paseaban sus pechos descubiertos por corpiños blancos y sus melenas infinitas, rizadas y sucias, mientras servían más vino imbebible en las copas elegantes. Los hombres sobrios observaban en silencio o hacían amago de conversar. Los borrachos gemían riendo, supeditados al poder subyacente de la mujer, brindando por ella, ahogándose en sus curvas, miserables por saberse incapaces de poseer toda su esencia.
La insalubre humedad la sofocaba, y ya las paredes se deshacían para convertirse en algún porche cuando sonaba el teléfono.

Una noche, pese a las diversas llamadas Petra decidió quedarse en casa. Se tumbó en su sofá y tomó el libro de una exposición de pintores que llevaba años sin abrir. Fue ante un cuadro de Chagall que, de forma inadvertida, se sorprendió anhelando una sensación olvidada: la de estar absolutamente viva en brazos de lo nuevo. Se sentó entre sus cojines y decidió recordar. Recordó despacio. No al fantasma, sino todo lo anterior.
La suavidad susurrada de la seducción real. El amanecer sobre el césped por cama. El beso robado, el abrazo que se eleva, volver a casa al despertarse la ciudad con el pelo alborotado, exhausta de saberse hermosa y amada, repleta de una savia que bien podría ser la vida. Se recordó cantando un bolero frente al mar mientras el viento y el amado le acariciaban el pelo. Se acordó de sus gemelos rozando los del otro dentro del agua, y la silueta del cuerpo desnudo, imperfecto y sublime, aún por conocer. También las miradas llenas del mañana, los apretones cómplices de manos, el gesto imperceptible cargado de sentido. Se dan momentos de felicidad que asustan y duelen por ser perfectamente luminosos: existe algo inalcanzable en el resplandor de dos sonrisas que se encuentran. Petra había amado tanto y tan bien antes de sufrir por un amor sin promesas. Cerró el libro, matando el beso azul, y se levantó. Encendió una luz, buscó entre su música, se decantó por el saxo llorón y nocturno y se armó un cigarro, volvió a sentarse y siguió recordando sus bellezas vividas. La arroparon la paz de la pasión compartida, el ansia por no perderse, la infinitud de los roces largos y de la mano que no te deja marchar. Tras esa noche, Petra comenzó a resentir la falta de piel contra su piel. Su cuerpo pedía volver a moverse al ritmo del abrazo. Tomar, a cámara lenta. Perderse en los pliegues del otro, sentir rincones recónditos del bajo vientre, escrutar el iris del amante en la luz de la mañana.
Sus fantasías eran conceptos: una poesía ingenua. Allá afuera no hay conceptos. Hay carnes solitarias, miradas insistentes, torpeza y carencias. Petra sabía bien que cuando una mujer busca el abrazo desprende algo concreto que se percibe de inmediato. Salió al mundo, muy segura de sí misma. Tardó pocos días en aparecer una ocasión. Se dio con el hombre menos pensado: un conocido con quien nunca hubo confianza, que apareció de la nada y se empeñó en acompañarla. Es curioso como, al comenzar la vida sexual, el desconocido que ha entrado en territorio privado trae consigo un latido emocionante. Parece que con el tiempo ese latido se disipa, y es casi molesto acoger a alguien cualquiera. Petra recordó que, entre adultos, se dan por sentadas demasiadas cosas en este tipo de encuentros. Casi apetece que todo pase rápido. Hubo sexo. Buen sexo. Sin rodeos, sin baile y sin abrazo. Él no siguió el trayecto de las caricias ni dejó que le escrutaran el iris en la luz. Se limitó a la técnica estándar, repitiendo los trucos aprendidos con la ex novia sin sutileza ni curiosidad por las particularidades de Petra. Copuló como el animal inteligente que se ha leído algún manual, sin capacidad ni tiempo para delicadezas. Petra lo entendió enseguida, y se esforzó por que el momento fuese lo más agradable posible para ambos, aunque sin cariño alguno hacia ése cuerpo. Al terminar, el desconocido le dijo el par de cumplidos de rigor, se abrochó los pantalones y comprendió que era mejor irse. Parecía triste. Al marcharse él, Petra no tardó en dormirse, sin cosquilleo en el estómago ni ganas de rememorar.
A la mañana siguiente sintió la dolencia de haber compartido su cuerpo sin fascinación alguna. A lo largo del día, se supo parte del mundo humano y frustrado. Hubiese querido ser animal (una gata impasible, la leona o la pantera revolcándose en sabanas de otros mundos) para seguir las reglas del instinto sin otorgarle significado a sus actos. No palpaba alivio alguno en sus entrañas. Nada.
A partir de entonces Petra se fijó en escenas de seducción entre los clientes de sus bares habituales, que le resultaron burdas y artificiales. Las miradas de los que la observaban eran baratas. Agradecía que la desearan por hacerla sentir real, perteneciente, ahí sentada. Pero aborrecía el contenido de aquél lenguaje, tan trivial como las sonrisas que se esbozan sin sentirlas. Le ofrecieron números de teléfonos, y cañas, y cumplidos, a los que Petra contestaba con una simpatía que se iba haciendo más y más indiferente. Observaba al mundo que avanzaba sin amor, sin voluntades férreas, sin ganas absolutas de entregarse a nadie. Todos, hasta ella misma, repetían los gestos y las palabras huecas. Se huía de lo profundo, se apartaba la vista de lo que pudiera despertar sensaciones que no se entienden. Había obsesión por el control de lo sentido y por permanecer libre de lo que reside en lo sensual.

Petra se dio cuenta de que no sentía absolutamente nada.

Profundamente hastiada se encerró de nuevo, sin saxófonos ni desnudos. Se dedicó a cerrar los ojos y respirar. Estaba en vida. Se fue fundiendo mentalmente con las paredes de su casa y calló, como si fuese a callar por siempre . Decidió seguir el transcurso de la realidad frustrada sin hacer más caso de sus componentes. Petra quería otra vida. Despreciaba lo que veía, la inconsecuencia de las personas y la carencia de impulsos auténticos. No querría amar. No querría dar más.
Se dio de baja en el trabajo y pasó tres días en la nada de su casa pensando. Renegaba del mundo, rechazaba a cualquier Otro. Necesitaba algo que no encontraba entre la gente, algo que no entendía de palabras.

Petra gritó en medio de una madrugada, dolida y harta y quizá en llanto.
Cuando su vecina de enfrente llamó a la puerta Petra abrió con mucha calma, dejando entrar al mundo en su espacio privado. Alegó una pesadilla, dio las gracias y, con el mundo colado dentro, volvió a cerrar la puerta. Había tomado una decisión. A partir de entonces, la aplicó.
Petra se fijaría en los elementos que nadie menciona; en ellos encontraba un porqué, una pureza que se oponía a lo mediocre. El mundo entendido como un cosmos soportable era (tenía que ser) percibido a través de lo sensorial. Todo cuanto la hiciera desprenderse de pensamientos inútiles y de la concepción impuesta del Tiempo, era sensorial. Al principio tan solo fue sensible a los estímulos ya conocidos. Aunque, despacio, fue interiorizando ese ansia de sensaciones intactas, haciéndolas suyas, con la gula de la que descubre un nuevo vicio. Petra no notó el paso de las horas, fascinada por la belleza de lo dado y anhelando ser una sola con la sensualidad circundante.
En su casa, su cocina se transformó definitivamente en espacios más allá de la ciudad. Los azulejos del suelo y la luz alógena cambiaban cada día, por lo que caminó con cautela en el barro y también sobre las rocas, desérticas y andinas. Limpió sus tobillos en el agua y masajeó las raíces de árboles grandes con la planta de sus pies. Su techo se abrió, desplegándose un poco más a cada noche, y Petra respiró el aire tibio de la tarde, como tragándose los rayos del sol, y luego la brisa nocturna, ingiriendo las estrellas. Después, su dormitorio se hizo grande, y Petra miró la luna llena desde una esquina y dejó que invadiera sus ojos, que se hicieron redondos y blancos. Bailó, y sintió partes de su cuerpo que llevaban muchos años dormidas, y al fumar vio hablar al humo porque elegía direcciones divergentes a cada tramo en el aire. Petra vivía desnuda, revolcándose en las diferentes superficies de su estancia. Dormía en brazos de un útero hecho mantas, y al despertar saludaba a la madera, al azulejo, al plástico y al cristal. Después de olerlas largo rato comía frutas con las manos, muy despacio, observando las pepitas, las cortezas y los jugos. Dejaba que las gotas de zumo le resbalaran por la barbilla y el cuello. Luego se lamía lentamente los dedos y colocaba las cortezas para que se secaran al sol.

Hasta que, una tarde, Petra salió. A cada paso que daba en su calle la ciudad se desdibujaba, convirtiéndose en jungla amazónica y torrentes de cascadas brutales. El cielo, de un gris inmaculado, parecía contener cientos de litros de agua presionándose entre sí. Pese a que silbaran los pájaros sobre las móviles ramas un terrible halo de nostalgia invadía la tierra, el mármol, los pilares y sus templos. Caminó hacia el silencio durante minutos que no supieron a nada respetando cada curva en los caminos, cada rama y cada piedra, hasta llegar a un árbol enorme rodeado de arbustos espesos. Bajo el árbol, quedó de pie con su cabeza asomando entre las plantas y, arrebatada de melancolía, sonrió. Entonces escuchó el tintineo de las gotas cayendo dentro de lo verde y lo rojizo, alzó la mirada hacia el cielo oscurecido y dio un paso hacia adelante para ser golpeada por la lluvia. En pocos segundos el llanto fue aguacero, y las penas del cielo golpearon el árbol, las matas, los templos y se esparcieron sobre la piel de ella, que miró cómo se vertían las lágrimas de las hojas hasta el suelo y, a pocos metros del árbol, el resto del mundo desaparecía bajo un manto áspero y líquido. Todo era ruido, violencia, estallido. Las nubes tronaban, la nada se apoderaba de todo. El peso del agua y de lo triste le llenó el pecho de otras lágrimas, y en el estallido del cielo y de la savia se vio llorando, con los ojos muy abiertos, invadidos de las penas de la tierra. Sollozó, sacudida por gemidos, sonriente, aullando despacio empapada del recuerdo, del trecho que aún quedaba, herida por lo majestuoso de aquél árbol y aquél llanto del cielo y su tierra inundada. Y así, mientras se vaciaba la bóveda ella se fue vaciando de sí misma, limpiándose de lo que al salir por sus ojos para caer con la lluvia le dolía hasta sangrar proporcionándole el alivio.

¿Qué hace esa chica? Parada en la esquina de la plaza donde no da el sol, la joven fue rodeada por dos ancianas y un vecino que Petra no vio ni escuchó cuando preguntaron.

El zumbido del agua se fue disipando. El manto que la separaba del mundo cayó, y, con la violencia de lo que termina, una parte del cielo dejó entrever su sol. Quedó el olor a verde y a rojizo embalsamándolo todo. Empapada, Petra avanzó unos pasos sobre las raíces resbaladizas y se agachó para recolocar un par de flores apaleadas. Luego se separó del árbol, se abrió paso entre las matas, y, escondiendo sus pies en el barro líquido, caminó esquivando las ranas y babosas que cubrían su camino de vuelta.

Los curiosos se abrieron paso para dejar pasar a Petra, algunos preocupados, otros, burlones.

Petra se sentía ligera cubierta del agua bendita. Se miró las manos que por fin se movían relajadas. Sus pequeños pies jugaban con los roces de la tierra, el sol la secaba, los pájaros desplegaban sus cantos agudos y, de pronto, Petra escuchó el mar. El océano se abría paso en lo que parecía ser el horizonte. Paralizada por la magnitud del espectáculo, Petra se quedó quieta frente a lo infinito, al borde del pequeño acantilado. El viento venía cargado de sabor a mineral y una promesa de abismo en la que Petra deseó perderse. El acantilado se abrió en un temblor sutil, y Petra se sintió descender hasta la gigantesca orilla. La llanura acuática retenía todos los matices del verde y el azul, y pese al vaivén de las olas todo transpiraba quietud. Petra pensó que, si existía lo eterno, debía parecerse a aquél paisaje inabarcable que parecía terminar en la caricia rítmica de sus piernas. Siguió avanzando poco a poco dentro del agua gélida, perdiendo lentamente la sensibilidad en las extremidades por el frío. El agua le llegaba hasta los pechos. Petra dejó de avanzar para tambalearse con el medio. Ya no existía el mundo atrás. La orilla se había escondido en el océano. Petra procuró imaginar algo de todo lo que ahí dentro residía: aguas ya surcadas y miles y miles de kilómetros de profundidad hundida en lo oscuro más impenetrable. Monstruos marinos de proporciones impensables, mudos y ajenos al aire, seres de formas atroces de ojos violetas y piel azulada, objetos ya muertos perdidos en todo aquello que no se nombra, vida y olvido, cadáveres angostos, sueños de sirenas, barcos de piratas enterrados en la arena y alephos que murmuran. Imposible. Era imposible percibir ése océano. Imposible palpar sus titánicas facciones ni amar su envergadura inhumana. Petra se mantuvo quieta mucho tiempo, quizá horas, intentando concebir todo lo que se mostraba, secreto, ante ella. Las aguas la mecían suavemente hacia dentro. Petra sintió que nunca más podría volver atrás. A aquél mundo terco de absurdidades nefastas, de propuestas no cumplidas y del amor destrozado, de niños que lloran y miedo a la muerte. Petra fue llegando poco a poco a la certeza, nacida de la entraña, de que no había sido creada para luchar día tras día contra la falta de palabras y las idioteces mundanas; su propia estupidez. Petra había sufrido siempre (ahora lo sabía) por haber concebido la belleza, la incondicionalidad o la perfección, aún sabiendo que nunca lograría vivirlas plenamente por ser meras referencias admiradas por los hombres, incapaces y finitos.
Cómo retroceder ante el abrazo que reuniera todos los abrazos. Cómo regresar a la sequedad de la tierra y su tiempo rendido.

Petra hundió despacio la cabeza en el abismo. Su cabeza volvió a apuntar un par de veces, como un punto intruso en medio de la nada. Lo último que vio fue su propio cuerpo flotando inerte entre las algas, que la rodearon creyendo que ella era una más. Sus cabellos se enredaron con aquellas más altas, y sus brazos bailaron con las corrientes obscenas, fundida con el resto, hecha, también ella, abismo.

Petra fue encontrada en su casa, cuya puerta forzaron, tirada en el suelo de su cuarto, ahogada. Nadie se explicó las causas de su muerte. Lo achacaron a accidente, a asalto, esquizofrenia.
Fueron muchos los que lloraron su pérdida. Pero quizá nadie supiera realmente quién era ella y se alegrase, porqué no, por un final logrado.

miércoles 7 de enero de 2009

Femme Fatale

Origen del mundo.
Madre, adivinadora y cuenta-cuentos, la mujer es el sustento de miles de mitos fundadores de lo social.
Sombra sumisa y manipuladora de reinos y de artistas, Wicca, concubina, Perséfone o Clitemnestra, ayudante, perversa, estéril, comedora de niños, perseguida, erradicada, vampira, curandera, beata, blasfemadora, son infinitas las representaciones de lo femenino que, como cualquiera de los mitos, encuentran su parentesco en diversas culturas que nunca se comunicaron entre sí.

En lo que en occidente osamos llamar "tercer mundo", la mujer sigue siendo sumisa y maltratada. Son infinitos los motivos.
Aunque se dan lugares y personas del "tercer mundo" cuyo respeto hacia la mujer, su capacidad de entrega y organización o su talento para comprender rápida y profundamente algunos aspectos del género humano se ensalza por encima de todo, como se ensalza la Pacha Mama o las virtudes que nacen de la tierra.

Lo que personalmente me subleva, es que seamos capaces de mostrar con el dedo la mayoría de las regiones del mundo de cuya condición somos culpables y llamarlas "tercermundistas" cuando aquí, en occidente, vivimos en acorde con los derechos humanos básicos, sí, aunque son varios los abusos y, centrándonos en la mujer, su situación es distinta, aunque no diferente.

Muchas veces me he planteado que si la mujer sigue hasta cierto punto sumisa y en algunos casos maltratada en el llamado "primer mundo", es porque a nivel social sigue conviniendo que así sea, por supuesto, o porque, y ya mencionando a mujeres con derecho a elegir su postura, quién sabe si la mujer se niega a quitarse el halo de misterio que la acompaña. Quizá resulte más fácil seguir actuando discretamente en secundo plano para llevar a cabo con éxito las pretensiones de una.

Aquí, en occidente, se nos sigue tomando o nos seguimos tomando a nosotras mismas por estúpidas.
Y esto se debe en gran parte a la enorme contradicción que percibimos cotidianamente en los media o en la oferta destinada al público femenino:

Si se toma una la molestia de leer una revista destinada a la mujer, del tipo Cosmopolitan o Elle, nos topamos con un mensaje poco claro:
Todos los artículos tienen por temática el bienestar de la lectora. Por un lado, desvelan trucos infalibles para sentirse más tonificada, relajada, por supuesto más joven, llevar una vida más sana, resolver los problemas de pareja ("lo que ellos esperan de nosotras") o con la amiga ("exige disculpas y luego dile que la quieres"), pensar en sí, superar obstáculos, obtener una vida sexual más satisfactoria, y todo esto sin dejar de afirmar que no hay por qué ser perfecta, o recordando que a los hombres en el fondo lo que les gusta son los michelines.
Las revistas se las dan de comprensivas y de mejores amigas.
Mientras, te hacen sentir como un ser ordinario por no haber probado con tu novio la postura del lotus oblícuo a la par que, en la página de en frente, te hacen vislumbrar a la niña esquelética en paños menores de rigor - retocada en Photoshop -, esa ninfa con superpoder metabólico desconocedora de la estría o la ojera matutina, que da la sensación de flotar etérea en un mundo sin obligaciones ni cuestiones prácticas.
Es lo que todo hombre irresponsable y un tanto idiota desea: una virgen pícara, sin pasado ni futuro, con cutis de ciencia-ficción y la curva justa para que no impresione.

Pero es que a los hombres también tienden a tomarlos por estúpidos.

Hay que vender. Belleza sobrenatural, inmortalidad, seducción tópica a raudales. Y de paso ganar una pasta gansa.
Hasta ahí, bien.
Pero entonces, ¿de qué coño van las revistas?
¿De mejores amigas que saben lo difícil que es convivir con el bombardeo mediático?
¿De abusadoras de las imágenes retocadas para que el público siga hipnotizado con seres irreales y así pueda seguir comprando más trucos para parecerse un poco más a ellos?
¿Qué ese cuento de la mujer liberada si vivimos atadas, encarceladas en un mundo en el que, en cuanto una baja la guardia y se topa con un anuncio, es sencillamente im-po-si-ble sentirse a gusto con la cadera y la pata de gallo?

Es curioso que el fenómeno de la anorexia y la bulimia – de las imágenes retocadas anunciando un sencillo sujetador – se haya dado precisamente ahora que la mujer se proclama "liberada".
Yo lo siento, pero las Pin-Ups, por muy machistas que fueran en concepto, me parecían infinitamente más atractivas y mucho más en acorde con "nosotras".
A Marilyn le he visto celulitis y brazos flácidos en la mayoría de sus fotos. Un verdadero derroche de sensualidad. Eso sí que era una Venus en acorde con el mito.
Que aniquilen esos desagradables insectos a lo Beckham o Moss. Monica Belluci es un pivón empeñada en ocultar sus esplendorosas arrugas.
Y ése peso saludable del que tanto hablan en Cosmopolitan no aparece en una sola de las fotos que publican.

Lo bonito dentro de todo esto, es que la naturaleza va más allá de las memeces que configuran nuestra sociedad. Por muy acomplejada que se sienta una, a la hora de la verdad se lanzará a por todas como si fuera la chica del anuncio de la Harley. El instincto es duro de pelar.
Lo profundamente triste es que, una vez felizmente follada y entregada a las delicias post-coitales, una tenga el impulso de taparse con la sábana. Esta actitud es absurda, y no atiende a pudores cristianos ni al malestar frente al Otro (para eso somos "liberadas": para sugerirle sin tapujos al hombre que tenemos al lado que se largue si el polvo ha sido un fiasco). Atiende a una imagen de nosotras mismas que nos han metido a martillazos en la cabeza.

Siempre me ha hecho muchísima gracia observar los comportamientos sexuales de nuestra era en lugares comunes, como pueden serlo las fiestas. Nada mejor para entender el punto en el que estamos. Nuestros tics propios de la seducción son idénticos a hace miles de años (somos patéticos), pero algunas formalidades sí que van mutando.
Se supone que, debido a la misión que cada uno de nuestros géneros tiene asignada en este mundo, se le da una importancia menor al físico del hombre.
En el fondo somos todos lo mismo, y nuestro apetito sexual depende de mecanismos muy similares. Pero hay diferencias: por norma general, nosotras tendemos a no mirar tanto en primera instancia, ese es un hecho.
Aunque posea un físico espectacular, nos cuesta considerar a un hombre atractivo si se ha pasado con la imitación de algún perfume con caché, mientras que si el tipo de constitución flácida y calva avanzada nos regala la sonrisa que necesitamos en el momento preciso, nuestra líbido puede dispararse.
Por supuesto existen mujeres (cada vez más) que no consienten ni calvas ni tripas ni ojos caídos. Quién sabe por qué. Una lástima.
Conozco a muchos hombres que necesitan conversación, química, que no soportan a la señora Barbie y huyen de los clichés (aunque esos mismos hombres aplauden fascinados en bares de Strip Tease también, claro).
Pero atengámonos a lo certero: la mayoría de los hombres que conozco son capaces de luchar por ver en paños menores a una mujer que no se ha lavado los dientes en dos semanas si la susodicha tiene buen culo, y rechazar por principio a la chica que observa en el rincón por avergonzarse de ocultar su tripita con un pull-over talla L. Da lo mismo que tenga tetas de película; en ella no van a tender a fijarse.
Estas cosas pasan, y no hay por qué decir lo contrario.

El caso es que, dentro de este marco de acercamientos, también existe el "nuevo" ideal de hombre.
(Afortunadamente siempre estarán de moda los tipos con pinta de poeta maldito a quien salvar, el intelectual de gafas que por muy hediondo que sea te deja boquiabierta soltándote un bombazo en filosofía, o el bombero musculoso e irremediablemente idiota con gran corazón y anécdotas lacrimosas que contar. Son hits de la humanidad. Pero los media nos están lavando el cerebro una vez más, y Adonis, igual que Venus, se está transformando).
El hombre mediático de hoy en día se las dé de macho con aires aniñados, va depilado de arriba abajo, se pasa media jornada en el gimnasio (que me expliquen esos bíceps si no) y mira a cámara con falsa inocencia. Un rostro bonito es un rostro bonito, y pivones existen tanto de un género como de otro. Pero a mí personalmente no me llama el neo-Aquíles.
Más contradicción: el nuevo hombre tiene que estar mazado, sí, pero depilado también. Tiene que ser hombre muy hombre, por supuesto, pero con un lado cándido afeminado que despierte instintos maternales. Se requiere un Dios del sexo pero también de la ternura, se espera presencia elegante aunque sin dejar de aparentar desenfado. El hombre tiene por obligación traer chocolate a casa cuando la amada sufre del período (según el anuncio de Ausonia) a la par que comprar la revista para hombres, para jactarse con la Miró en pelotas anunciando el nuevo modelo Mercedes.

Aunque aún no tiene que ser Papá diez a la vez que Amante diez y Cocinero diez y Ejecutivo diez, para ellos también existe bombardeo. Desgraciadamente.

Venus, pues, se decantó por la anorexia, y Adonis se ha vuelto maricón.

Y por supuesto no me refiero a la homosexualidad. Me refiero a la sin-sustancia.

Luego está el cine.
En Hollywood, la Femme Fatale, que se supone apareció en el cine negro, ya no es un ser dolido con ansias de venganza sujeta a pasiones atormentadas - una mezcla entre la bruja seductora y la niña abandonada que encuentra en el Humphrey Bogart de turno al padre que nunca tuvo o al mago que la absuelva.
¿O sí?
En el cine hollywoodiense de género de los años 40 y 50, la Femme Fatale solía ser un personaje secundario que terminaba muriendo en trágicas condiciones o renunciando a su "amor verdadero" porque Humphrey no podía superar todos los obstáculos de la trama a la vez.
Sin entrar en peliculones como puede serlo "El tercer hombre", de lectura más profunda y hasta subservisa de cara a los símbolos de la época, quizá uno de los mensajes que nos transmitían las películas de Hollywood de antaño que incluyeran Femme Fatale se pudieran abordar de dos maneras:

1) una mujer que pretende vivir sin protección masculina, y que encima fuma y lleva
pantalones, no puede terminar bien.

2) que la Femme Fatale (del cine negro) no espere nada del protagonista porque
desgraciadamente tiene otras prioridades mucho más importantes que sus impulsos
emocionales. Femme Fatale la caga por completo enamorándose de él, abandonando así su voluntad de independencia y su convencimiento de auto-suficiencia por amor.
Por eso muere. Si tiene suerte, antes de esbozar su último suspiro podrá decirle a Bogart lo mucho que lo amaba.

Es decir, que toda Femme Fatale del cine de los 40-50 que se precie, la palma como cualquier personaje de la tragedia griega. Está sujeta al destino que los dioses le han impuesto y no tiene el poder suficiente para cambiar el fatídico desenlace que la espera.

Esto viene a explicar más o menos lo que en versión más moderna le sucede a Trinity.

En el caso de las películas hollywoodienses de esa época, la contradicción de cara a la situación de la mujer pudo deberse a que aún estaba buscando su lugar social. Es decir, que relataban a una mujer anclada entre dos posturas, la de la hasta entonces conocida sumisión, y la de una nueva y total independencia (despechada) con respecto al hombre.

Creo que en ése cruce es donde se sigue encontrando.

La nueva Femme Fatal no termina de ser la Sigourney Weaver que se carga al bicho en nombre de una tropa de hombretones derrotados y que termina fusionándose con el enemigo en una cópula sugerida.

Quizá la Femme Fatale actual sea la mujer agresiva de carrera imponente capaz de sacrificar toda vida privada para llegar a ganar un sueldo equiparable al de su compañero de trabajo. La nueva figura mítica de bruja, que tiene sexo por placer y que probablemente no tenga tiempo en su agenda para citas románticas de pacotilla.

Aunque no esté narrada en el marco de una oficina, ésta bruja moderna vendría a ser la Sharon Stone de Instinto Básico, que de hecho, si mal no recuerdo, sólo es sincera en un par de escenas, una en un sofá llorando cual niña después de hacer el amor (único instante de flaqueza, para corroborar que la tipa es humana), y otra tomando whisky en casa de su contrincante, única escena en la que lleva puestos unos pantalones. El resto de la descripción del personaje es puro juego manipulador, abuso del poder de seducción y aniquilación de la testosterona. La Sharon redondea su personaje declarando en una escena íntima que a ella no le gustan los niños.
Hay que ser honestos: la mujer, ya sea por las posibles bajas de maternidad, por desconfianza o, quién sabe, por celos o por miedo a la bruja piruja por parte del mundo profesional masculino, aún no tiene exactamente las mismas oportunidades ni el mismo dinero que un hombre en la oficina.

Luego está el nuevo cine, concretamente, el cine gringo o de pretensiones gringas hijo de la decadencia que lleva sufriendo Hollywood desde hace ya una década:
ése cine profundamente comercial que presenta a mujeres "normales" con dilemas superables con los que sentirnos identificados. Véase Catherine Zeta-Jones (mujer normal donde las haya) en "Sin reservas", que por cierto fue un fiasco en cartelera.

Uno de los hits de nuestra era es nuestra querida Bridget Jones, tipa entrañable con los problemas de sobrepeso y de identidad laboral que tenemos todas, personaje satírico, versión de Sancho Panza actualizada cuya meta es nada más y nada menos que encontrar al príncipe azul para casarse con él, con traje-merengue incluido.
¡Toma mujer liberada!
Soltera londinense asidua en bares de moda, con amigo gay y todo, y literalmente desesperada por encontrar a su "otra mitad". Como en Walt Disney.
Parece que así son las nuevas comedias románticas, género convertido en femenino por excelencia.

Por comedia romántica yo entendía películas de contenido y desenlace "light", entretenimiento, espectáculo - que no insulto.
Una cosa es "Desayuno con diamantes" o "Arsénico por compasión", por ejemplo, comerciales, respetuosas con la mujer y catalogadas por algunos como romantic comedies, y otra muy distinta, "Las mujeres", "Women" (equiparable a "Because I said so" o "You've got an e-mail", o...), que acaba de estrenarse y catalogarse bajo el mismo género.

Lo primero que me llama la atención es el título. Ni que fuera a comprender toda la esencia femenina en menos de dos horas de material. No es la primera vez que se hace alusión a esta esencia en un título.
"Las mujeres" es un perfecto ejemplo de en qué se ha convertido la comedia romántica: trata de mujeres que quedan con mujeres, hablan de sus desperfectos y limitaciones, sufren burdamente por un hombre (momento en el cuál se hinchan a meriendas hipercalóricas bajo la mirada crítica de la mejor amiga, aunque no han engordado un gramo tras la elipsis de un mes de depresión) que recuperan tras pasar por una serie de pruebas que las convierten en mujeres más sexys, más poderosas, más seguras de sí mismas y de sus compañeras. Más Cosmopolitan.
La conclusión es que unidas las mujeres se llevan mejor que enemistadas, que el que un hombre te quiera depende de nuestra auto-estima y nuestra apariencia (el resto no importa, ya que se da por sentado que la protagonista tiene buen corazón), que si llevas demasiado tiempo sin hacerte la manicura, cuidado, porque la infidelidad está al acecho y que qué bello ser mujer, porque somos comprensivas, cariñosas y justas, aunque al resto del mundo (masculino) se le haya olvidado darse cuenta durante el transcurso de los hechos.

Resumiendo: la evolución de los personajes y de sus relaciones dependen de si el hombre está cerca, si quiere o no a la protagonista, o si se ha marchado con otra. El hombre es quien define la trama principal.

También están las películas del mismo género, de guiones predecibles y realización hollywoodiense, centradas en un hombre protagónico.
En tal caso se repiten los patrones: la trama principal está sujeta al objeto de deseo, la mujer.
Pero aquí debo hacer un inciso: cuando la mujer de quien está enamorado el protagonista (que suele ser Ben Stiller) le ha puesto los cuernos o ha desaparecido con otro hombre, en las películas gringas el protagonista tarda la mitad del film en olvidar a "ésa maldita" y la otra mitad en volver a enamorarse de una mujer incapaz de semejante traición, cosa que no sucede en "Las mujeres", por ejemplo.

Parece que a Gringolandia le está costando perdonar a sus mujeres por descuidar la manicura (si no, ¿cómo crees que se hubiera largado el marido?) y aún más por haber tenido un "desliz".

Si se la perdona, probablemente sea porque estamos visualizando otro género: el de acción, donde la chica Bond muere (un caballero que se precie no puede abandonar su tarea planetaria por una mujer), o el del thriller, donde la mujer suele ser Watson y, si tiene suerte, el final de la película la trata con condescendencia y no la mata. Y etc.

Hay quien denomina "Femme Fatale" a cualquiera de las protagonistas de éstos géneros (sencillamente por tener las dimensiones suficientes para ser prota).
Es decir, que la película es la misma de siempre, solo que con mujer haciendo de hombre con ropa sugerente, aunque cuando Bond es chica, la chica Bond del señor Bond no suele ser remplazada por un chico Bond, sino más bien por un tipo enamorado y leal, buen mozo aunque tirillas o, si es negro, con unos kilillos de más - según los cánones.

Con protagonista femenina, el thriller puede tornarse en thriller psicológico, o la acción en "Los Ángeles de Charlie", donde el hombre se ve remplazado por tres tipas (sobra decir que no podemos hacer nada solas - ni ir al baño ni salvar al mundo, vaya) que luchan contra el villano-villana bajo la mirada protectora de Charlie.
Claro que se trata de un remake de los setenta (aquellos eran "otros tiempos").

Estas son anotaciones tomadas a la ligera, y es infinito el tema de búsqueda.

Hay muchas Femmes Fatales, relatadas desde diversos puntos de vista en cine y movimientos literarios post-modernos. La Femme Fatale son todas, y ninguna.

Yo me atrevería a decir que ésa nueva Femme Fatale es la que pretendemos ser todas nosotras: la mujer diez.
Mamá diez. Amante diez. Profesional diez. Comprometida diez. Ser pensante diez.
Pero ésta es, obviamente, una mera pretensión inducida, repito, por los media.
Nadie en su sano juicio puede jugar a ser perfecta en su rol de esposa, madre, ejecutiva o funcionaria, deportista, buena amiga y mujer sexy a la vez. No hay horario ni organismo que lo permita. Somos capaces de hacer varias cosas al mismo tiempo, sí, pero no dejando de lado nuestras metas personales, aquellas que sólo nos atañen a nosotras, ni el tiempo que quisiéramos dedicarnos a nosotras mismas.
Aún así, la mayoría de mujeres "modernas" lo intentan; ser mujeres sobresalientes en todo y, al no lograrlo, como es lógico, el resultado es la frustración.

La frustración de ser humanas y no Diosas.

Nos consolamos con los media, como cualquier persona.
Y el media consuela en primera instancia, aunque retro-alimenta salvajemente la frustración en un secundo tiempo.

El mito femenino, inherente a cada cultura, refleja la profundidad de pensamiento de un pueblo, su capacidad para ahondar en los misterios y alabar la vida. Cada una de sus representaciones existe en el subconsciente común de cada civilización.
Ojalá no estemos remplazando esos mitos por uno nuevo.
Entristece y embrutece que basemos nuestras promociones en una representación de mujer
pueril, artificial o decadente. Un mito basado en los miedos y los deseos del "hombre", ése que tampoco existe, y que aniquila la esencia de todo lo que representa lo femenino y su inabarcable mundo.

Quién sabe si baste con hacer la vista gorda, elegir entre las revistas y dentro de la oferta en carteleras, cambiar de canal cuando empiecen los anuncios y no fijarse demasiado en los carteles por la calle.

viernes 14 de noviembre de 2008

Identidad 1

La identidad con la que uno se percibe a sí mismo, "la identidad", es un concepto tan frágil como el del reflejo en el espejo o la sensación de conciencia. Depende de protocolos sociales, jerarquías comunitarias y avances personales efímeros; pende de un hilo.

No hay pruebas claras de la conciencia del ser existente. Si acaso el dolor, la alegría momentánea: sensaciones, que del mismo modo que el término “conciencia”, nos son difíciles de definir.

Nos aferramos a lo que nos hace sentir seguros y pertenecientes a nuestra actividad, al lugar donde actuamos, o a nuestros sentimientos (que a veces luchamos por seguir sintiendo, por que sean constantes).
Nos proyectamos en nuestro proyecto.
Y así, somos.

Uno necesita del Otro para medir su postura ante las cosas, o su grado de avance personal.
En las comunidades cerradas, como pueden ser la comunidad literaria o la cinematográfica del mundo "occidental", estos procesos pueden ser altamente hirientes. El trabajo del creador o del artista depende directamente de sus cargas emocionales o de su visión filosófica del mundo. Se abre como un libro ante los demás, aún sin confesar su opinión, porque no es necesario: vive de contarla.

El Otro nos calcula, nos mide midiéndose a sí mismo, sugiere y aporta, tolerante, admirador, desdeñoso; inferior o superior. Porque así funciona. Todo se resume a burdas jerarquías, necesarias para la constitución de los valores de lo común.
Si por momentos nos toca sentirnos "abajo" dentro de nuestra comunidad profesional o social, de golpe, una parte de nuestra identidad – en la que interfieren las facetas emocionales y de proyección de lo que somos – se convierte en un vacío abismal que nos aspira hacia dentro.

El azar nos ha otorgado la posibilidad de concebir lo “puro”, lo “correcto” o “virtuoso”.
Somos capaces de vislumbrar el "Amor" (esa "media naranja", un complemento de nuestra identidad) o la "Pasión" en sus sentidos más amplios, las rectitudes morales y éticas, un hacer “pulcro” de las intenciones humanas.
A la par, somos absolutamente incapaces de llevarlas a cabo sin “mancharlas” con accidentes de por medio (las malditas terceras personas, los deslices viciosos, interesados o egoístas que nos sorprendemos cometer, atónitos).
Concebimos lo “pulcro” sin poder dejar de ser “sucios”. Porque ésa es nuestra naturaleza: nuestro avance personal depende mayoritariamente de los errores que cometamos por el camino y de las conclusiones (a veces duras, titánicas - nefastas) que saquemos de nuestro comportamiento.

Nos consta que no podemos contar con nosotros mismos al cien por cien, y que el sentimiento de culpa o la depresión de la inercia no borra las faltas ni nos ayuda cuando nos sentimos cansados de esa identidad que pretendemos “ser” y con la que no logramos lidiar.
Nos consta también que el trabajo, ya sea o no creativo, depende de lo jerárquico. Supeditamos nuestras obras o proyectos al filtro del Otro y nos corresponde moverla y venderla dentro de los patrones establecidos, nos gusten o no. Nuestros proyectos son proyecciones de nosostros mismos necesarias, desentendidas de los deslices humanos, y, como nosotros, son manipuladas cual marionetas hasta ser etiquetadas en un consenso general.
Nos consta que la "Pasión" es efímera y puede ser dañina, si no para nosotros, para el Otro. No hay mayor herida que el de nuestra carne transgredida por la piel desconocida de un tercer componente en la pareja, ni mayor traición que la del amante. Pero también consta que el instinto, muchas veces, prima.
Nos consta, según científicos, que el "Amor" entendido a lo Walt Disney no dura más de unos tres años.
A qué aferrarse entonces. En qué proyectarse, dónde reflejarse y respirar.
Qué ser o seguir siendo si no entendemos en profundidad parte de lo que nos configura, si es tan escurridizo e impredecible como el resto de las causas y los efectos.
¿Cómo pretender ser seres de rectitud moral cuando todo lo que nos rodea se mezcla, se ensucia, nos engulle, nos juzga?

Quizá el concepto de identidad se sustente a través de sensaciones y fenómenos mucho más animales de lo que llevamos tiempo pretendiendo.
Quizá sigamos siendo sencillamente por el impulso de la supervivencia, y lo sigamos filtrando todo a través de “nosotros” - nuestra peculiar visión de las cosas – por sentirnos más cercanos a un “clan” social o ideológico con el que deseamos sentirnos “identificados”, y dentro del cual procuraremos que se siga perpetuando nuestra descendencia (ya sea humana o conceptual).

Quizá todo el resto (lo que procuramos transmitir, cómo vestimos, cómo y qué decimos, qué ganamos y perdemos, cómo amamos, luchamos o la cagamos) esté supeditado a cosas muchísimo más triviales e insignificantes de lo que creemos.

Personalmente me cuesta concebir el mundo sin simbolismos auténticamente significativos, sin la pincelada Walt Disney, sin una respuesta sensata a cada "¿porqué?" que me planteo.
Pero es que, como todo el mundo, tengo la cabeza repleta de elementos efímeros, sin importancia, a los que probablemente me apego mucho más de la cuenta.

Como dijo un maestro de la India:
“No tienes nada que perder que no sea tu ignorancia y la máscara de tu personalidad”.