Origen del mundo.
Madre, adivinadora y cuenta-cuentos, la mujer es el sustento de miles de mitos fundadores de lo social.
Sombra sumisa y manipuladora de reinos y de artistas, Wicca, concubina, Perséfone o Clitemnestra, ayudante, perversa, estéril, comedora de niños, perseguida, erradicada, vampira, curandera, beata, blasfemadora, son infinitas las representaciones de lo femenino que, como cualquiera de los mitos, encuentran su parentesco en diversas culturas que nunca se comunicaron entre sí.
En lo que en occidente osamos llamar "tercer mundo", la mujer sigue siendo sumisa y maltratada. Son infinitos los motivos.
Aunque se dan lugares y personas del "tercer mundo" cuyo respeto hacia la mujer, su capacidad de entrega y organización o su talento para comprender rápida y profundamente algunos aspectos del género humano se ensalza por encima de todo, como se ensalza la Pacha Mama o las virtudes que nacen de la tierra.
Lo que personalmente me subleva, es que seamos capaces de mostrar con el dedo la mayoría de las regiones del mundo de cuya condición somos culpables y llamarlas "tercermundistas" cuando aquí, en occidente, vivimos en acorde con los derechos humanos básicos, sí, aunque son varios los abusos y, centrándonos en la mujer, su situación es distinta, aunque no diferente.
Muchas veces me he planteado que si la mujer sigue hasta cierto punto sumisa y en algunos casos maltratada en el llamado "primer mundo", es porque a nivel social sigue conviniendo que así sea, por supuesto, o porque, y ya mencionando a mujeres con derecho a elegir su postura, quién sabe si la mujer se niega a quitarse el halo de misterio que la acompaña. Quizá resulte más fácil seguir actuando discretamente en secundo plano para llevar a cabo con éxito las pretensiones de una.
Aquí, en occidente, se nos sigue tomando o nos seguimos tomando a nosotras mismas por estúpidas.
Y esto se debe en gran parte a la enorme contradicción que percibimos cotidianamente en los media o en la oferta destinada al público femenino:
Si se toma una la molestia de leer una revista destinada a la mujer, del tipo Cosmopolitan o Elle, nos topamos con un mensaje poco claro:
Todos los artículos tienen por temática el bienestar de la lectora. Por un lado, desvelan trucos infalibles para sentirse más tonificada, relajada, por supuesto más joven, llevar una vida más sana, resolver los problemas de pareja ("lo que ellos esperan de nosotras") o con la amiga ("exige disculpas y luego dile que la quieres"), pensar en sí, superar obstáculos, obtener una vida sexual más satisfactoria, y todo esto sin dejar de afirmar que no hay por qué ser perfecta, o recordando que a los hombres en el fondo lo que les gusta son los michelines.
Las revistas se las dan de comprensivas y de mejores amigas.
Mientras, te hacen sentir como un ser ordinario por no haber probado con tu novio la postura del lotus oblícuo a la par que, en la página de en frente, te hacen vislumbrar a la niña esquelética en paños menores de rigor - retocada en Photoshop -, esa ninfa con superpoder metabólico desconocedora de la estría o la ojera matutina, que da la sensación de flotar etérea en un mundo sin obligaciones ni cuestiones prácticas.
Es lo que todo hombre irresponsable y un tanto idiota desea: una virgen pícara, sin pasado ni futuro, con cutis de ciencia-ficción y la curva justa para que no impresione.
Pero es que a los hombres también tienden a tomarlos por estúpidos.
Hay que vender. Belleza sobrenatural, inmortalidad, seducción tópica a raudales. Y de paso ganar una pasta gansa.
Hasta ahí, bien.
Pero entonces, ¿de qué coño van las revistas?
¿De mejores amigas que saben lo difícil que es convivir con el bombardeo mediático?
¿De abusadoras de las imágenes retocadas para que el público siga hipnotizado con seres irreales y así pueda seguir comprando más trucos para parecerse un poco más a ellos?
¿Qué ese cuento de la mujer liberada si vivimos atadas, encarceladas en un mundo en el que, en cuanto una baja la guardia y se topa con un anuncio, es sencillamente im-po-si-ble sentirse a gusto con la cadera y la pata de gallo?
Es curioso que el fenómeno de la anorexia y la bulimia – de las imágenes retocadas anunciando un sencillo sujetador – se haya dado precisamente ahora que la mujer se proclama "liberada".
Yo lo siento, pero las Pin-Ups, por muy machistas que fueran en concepto, me parecían infinitamente más atractivas y mucho más en acorde con "nosotras".
A Marilyn le he visto celulitis y brazos flácidos en la mayoría de sus fotos. Un verdadero derroche de sensualidad. Eso sí que era una Venus en acorde con el mito.
Que aniquilen esos desagradables insectos a lo Beckham o Moss. Monica Belluci es un pivón empeñada en ocultar sus esplendorosas arrugas.
Y ése peso saludable del que tanto hablan en Cosmopolitan no aparece en una sola de las fotos que publican.
Lo bonito dentro de todo esto, es que la naturaleza va más allá de las memeces que configuran nuestra sociedad. Por muy acomplejada que se sienta una, a la hora de la verdad se lanzará a por todas como si fuera la chica del anuncio de la Harley. El instincto es duro de pelar.
Lo profundamente triste es que, una vez felizmente follada y entregada a las delicias post-coitales, una tenga el impulso de taparse con la sábana. Esta actitud es absurda, y no atiende a pudores cristianos ni al malestar frente al Otro (para eso somos "liberadas": para sugerirle sin tapujos al hombre que tenemos al lado que se largue si el polvo ha sido un fiasco). Atiende a una imagen de nosotras mismas que nos han metido a martillazos en la cabeza.
Siempre me ha hecho muchísima gracia observar los comportamientos sexuales de nuestra era en lugares comunes, como pueden serlo las fiestas. Nada mejor para entender el punto en el que estamos. Nuestros tics propios de la seducción son idénticos a hace miles de años (somos patéticos), pero algunas formalidades sí que van mutando.
Se supone que, debido a la misión que cada uno de nuestros géneros tiene asignada en este mundo, se le da una importancia menor al físico del hombre.
En el fondo somos todos lo mismo, y nuestro apetito sexual depende de mecanismos muy similares. Pero hay diferencias: por norma general, nosotras tendemos a no
mirar tanto en primera instancia, ese es un hecho.
Aunque posea un físico espectacular, nos cuesta considerar a un hombre atractivo si se ha pasado con la imitación de algún perfume con caché, mientras que si el tipo de constitución flácida y calva avanzada nos regala la sonrisa que necesitamos en el momento preciso, nuestra líbido puede dispararse.
Por supuesto existen mujeres (cada vez más) que no consienten ni calvas ni tripas ni ojos caídos. Quién sabe por qué. Una lástima.
Conozco a muchos hombres que necesitan conversación, química, que no soportan a la señora Barbie y huyen de los clichés (aunque esos mismos hombres aplauden fascinados en bares de Strip Tease también, claro).
Pero atengámonos a lo certero: la mayoría de los hombres que conozco son capaces de luchar por ver en paños menores a una mujer que no se ha lavado los dientes en dos semanas si la susodicha tiene buen culo, y rechazar por principio a la chica que observa en el rincón por avergonzarse de ocultar su tripita con un pull-over talla L. Da lo mismo que tenga tetas de película; en ella no van a tender a fijarse.
Estas cosas pasan, y no hay por qué decir lo contrario.
El caso es que, dentro de este marco de acercamientos, también existe el "nuevo" ideal de hombre.
(Afortunadamente siempre estarán de moda los tipos con pinta de poeta maldito a quien salvar, el intelectual de gafas que por muy hediondo que sea te deja boquiabierta soltándote un bombazo en filosofía, o el bombero musculoso e irremediablemente idiota con gran corazón y anécdotas lacrimosas que contar. Son hits de la humanidad. Pero los media nos están lavando el cerebro una vez más, y Adonis, igual que Venus, se está transformando).
El hombre mediático de hoy en día se las dé de macho con aires aniñados, va depilado de arriba abajo, se pasa media jornada en el gimnasio (que me expliquen esos bíceps si no) y mira a cámara con falsa inocencia. Un rostro bonito es un rostro bonito, y pivones existen tanto de un género como de otro. Pero a mí personalmente no me llama el neo-Aquíles.
Más contradicción: el nuevo hombre tiene que estar mazado, sí, pero depilado también. Tiene que ser hombre muy hombre, por supuesto, pero con un lado cándido afeminado que despierte instintos maternales. Se requiere un Dios del sexo pero también de la ternura, se espera presencia elegante aunque sin dejar de aparentar desenfado. El hombre tiene por obligación traer chocolate a casa cuando la amada sufre del período (según el anuncio de Ausonia) a la par que comprar la revista para hombres, para jactarse con la Miró en pelotas anunciando el nuevo modelo Mercedes.
Aunque aún no tiene que ser Papá diez a la vez que Amante diez y Cocinero diez y Ejecutivo diez, para ellos también existe bombardeo. Desgraciadamente.
Venus, pues, se decantó por la anorexia, y Adonis se ha vuelto maricón.
Y por supuesto no me refiero a la homosexualidad. Me refiero a la sin-sustancia.
Luego está el cine.
En Hollywood, la Femme Fatale, que se supone apareció en el cine negro, ya no es un ser dolido con ansias de venganza sujeta a pasiones atormentadas - una mezcla entre la bruja seductora y la niña abandonada que encuentra en el Humphrey Bogart de turno al padre que nunca tuvo o al mago que la absuelva.
¿O sí?
En el cine hollywoodiense de género de los años 40 y 50, la Femme Fatale solía ser un personaje secundario que terminaba muriendo en trágicas condiciones o renunciando a su "amor verdadero" porque Humphrey no podía superar todos los obstáculos de la trama a la vez.
Sin entrar en peliculones como puede serlo "El tercer hombre", de lectura más profunda y hasta subservisa de cara a los símbolos de la época, quizá uno de los mensajes que nos transmitían las películas de Hollywood de antaño que incluyeran Femme Fatale se pudieran abordar de dos maneras:
1) una mujer que pretende vivir sin protección masculina, y que encima fuma y lleva
pantalones, no puede terminar bien.
2) que la Femme Fatale (del cine negro) no espere nada del protagonista porque
desgraciadamente tiene otras prioridades mucho más importantes que sus impulsos
emocionales. Femme Fatale la caga por completo enamorándose de él, abandonando así su voluntad de independencia y su convencimiento de auto-suficiencia por amor.
Por eso muere. Si tiene suerte, antes de esbozar su último suspiro podrá decirle a Bogart lo mucho que lo amaba.
Es decir, que toda Femme Fatale del cine de los 40-50 que se precie, la palma como cualquier personaje de la tragedia griega. Está sujeta al destino que los dioses le han impuesto y no tiene el poder suficiente para cambiar el fatídico desenlace que la espera.
Esto viene a explicar más o menos lo que en versión más moderna le sucede a Trinity.
En el caso de las películas hollywoodienses de esa época, la contradicción de cara a la situación de la mujer pudo deberse a que aún estaba buscando su lugar social. Es decir, que relataban a una mujer anclada entre dos posturas, la de la hasta entonces conocida sumisión, y la de una nueva y total independencia (despechada) con respecto al hombre.
Creo que en ése cruce es donde se sigue encontrando.
La nueva Femme Fatal no termina de ser la Sigourney Weaver que se carga al bicho en nombre de una tropa de hombretones derrotados y que termina fusionándose con el enemigo en una cópula sugerida.
Quizá la Femme Fatale actual sea la mujer agresiva de carrera imponente capaz de sacrificar toda vida privada para llegar a ganar un sueldo equiparable al de su compañero de trabajo. La nueva figura mítica de bruja, que tiene sexo por placer y que probablemente no tenga tiempo en su agenda para citas románticas de pacotilla.
Aunque no esté narrada en el marco de una oficina, ésta bruja moderna vendría a ser la Sharon Stone de Instinto Básico, que de hecho, si mal no recuerdo, sólo es sincera en un par de escenas, una en un sofá llorando cual niña después de hacer el amor (único instante de flaqueza, para corroborar que la tipa es humana), y otra tomando whisky en casa de su contrincante, única escena en la que lleva puestos unos pantalones. El resto de la descripción del personaje es puro juego manipulador, abuso del poder de seducción y aniquilación de la testosterona. La Sharon redondea su personaje declarando en una escena íntima que a ella no le gustan los niños.
Hay que ser honestos: la mujer, ya sea por las posibles bajas de maternidad, por desconfianza o, quién sabe, por celos o por miedo a la bruja piruja por parte del mundo profesional masculino, aún no tiene exactamente las mismas oportunidades ni el mismo dinero que un hombre en la oficina.
Luego está el
nuevo cine, concretamente, el cine gringo o de pretensiones gringas hijo de la decadencia que lleva sufriendo Hollywood desde hace ya una década:
ése cine profundamente comercial que presenta a mujeres "normales" con dilemas superables con los que sentirnos identificados. Véase Catherine Zeta-Jones (mujer normal donde las haya) en "Sin reservas", que por cierto fue un fiasco en cartelera.
Uno de los hits de nuestra era es nuestra querida Bridget Jones, tipa entrañable con los problemas de sobrepeso y de identidad laboral que tenemos todas, personaje satírico, versión de Sancho Panza actualizada cuya meta es nada más y nada menos que encontrar al príncipe azul para casarse con él, con traje-merengue incluido.
¡Toma mujer liberada!
Soltera londinense asidua en bares de moda, con amigo gay y todo, y literalmente desesperada por encontrar a su "otra mitad". Como en Walt Disney.
Parece que así son las nuevas comedias románticas, género convertido en femenino por excelencia.
Por comedia romántica yo entendía películas de contenido y desenlace "light", entretenimiento, espectáculo - que no insulto.
Una cosa es "Desayuno con diamantes" o "Arsénico por compasión", por ejemplo, comerciales, respetuosas con la mujer y catalogadas por algunos como romantic comedies, y otra muy distinta, "Las mujeres", "Women" (equiparable a "Because I said so" o "You've got an e-mail", o...), que acaba de estrenarse y catalogarse bajo el mismo género.
Lo primero que me llama la atención es el título. Ni que fuera a comprender toda la esencia femenina en menos de dos horas de material. No es la primera vez que se hace alusión a esta esencia en un título.
"Las mujeres" es un perfecto ejemplo de en qué se ha convertido la comedia romántica: trata de mujeres que quedan con mujeres, hablan de sus desperfectos y limitaciones, sufren burdamente por un hombre (momento en el cuál se hinchan a meriendas hipercalóricas bajo la mirada crítica de la mejor amiga, aunque no han engordado un gramo tras la elipsis de un mes de depresión) que recuperan tras pasar por una serie de pruebas que las convierten en mujeres más sexys, más poderosas, más seguras de sí mismas y de sus compañeras. Más Cosmopolitan.
La conclusión es que unidas las mujeres se llevan mejor que enemistadas, que el que un hombre te quiera depende de nuestra auto-estima y nuestra apariencia (el resto no importa, ya que se da por sentado que la protagonista tiene buen corazón), que si llevas demasiado tiempo sin hacerte la manicura, cuidado, porque la infidelidad está al acecho y que qué bello ser mujer, porque somos comprensivas, cariñosas y justas, aunque al resto del mundo (masculino) se le haya olvidado darse cuenta durante el transcurso de los hechos.
Resumiendo: la evolución de los personajes y de sus relaciones dependen de si el hombre está cerca, si quiere o no a la protagonista, o si se ha marchado con otra. El hombre es quien define la trama principal.
También están las películas del mismo género, de guiones predecibles y realización hollywoodiense, centradas en un hombre protagónico.
En tal caso se repiten los patrones: la trama principal está sujeta al objeto de deseo, la mujer.
Pero aquí debo hacer un inciso: cuando la mujer de quien está enamorado el protagonista (que suele ser Ben Stiller) le ha puesto los cuernos o ha desaparecido con otro hombre, en las películas gringas el protagonista tarda la mitad del film en olvidar a "ésa maldita" y la otra mitad en volver a enamorarse de una mujer incapaz de semejante traición, cosa que no sucede en "Las mujeres", por ejemplo.
Parece que a Gringolandia le está costando perdonar a sus mujeres por descuidar la manicura (si no, ¿cómo crees que se hubiera largado el marido?) y aún más por haber tenido un "desliz".
Si se la perdona, probablemente sea porque estamos visualizando otro género: el de acción, donde la chica Bond muere (un caballero que se precie no puede abandonar su tarea planetaria por una mujer), o el del thriller, donde la mujer suele ser Watson y, si tiene suerte, el final de la película la trata con condescendencia y no la mata. Y etc.
Hay quien denomina "Femme Fatale" a cualquiera de las protagonistas de éstos géneros (sencillamente por tener las dimensiones suficientes para ser prota).
Es decir, que la película es la misma de siempre, solo que con mujer haciendo de hombre con ropa sugerente, aunque cuando Bond es chica, la chica Bond del señor Bond no suele ser remplazada por un chico Bond, sino más bien por un tipo enamorado y leal, buen mozo aunque tirillas o, si es negro, con unos kilillos de más - según los cánones.
Con protagonista femenina, el thriller puede tornarse en thriller psicológico, o la acción en "Los Ángeles de Charlie", donde el hombre se ve remplazado por tres tipas (sobra decir que no podemos hacer nada solas - ni ir al baño ni salvar al mundo, vaya) que luchan contra el villano-villana bajo la mirada protectora de Charlie.
Claro que se trata de un remake de los setenta (aquellos eran "otros tiempos").
Estas son anotaciones tomadas a la ligera, y es infinito el tema de búsqueda.
Hay muchas Femmes Fatales, relatadas desde diversos puntos de vista en cine y movimientos literarios post-modernos. La Femme Fatale son todas, y ninguna.
Yo me atrevería a decir que ésa nueva Femme Fatale es la que pretendemos ser todas nosotras: la mujer diez.
Mamá diez. Amante diez. Profesional diez. Comprometida diez. Ser pensante diez.
Pero ésta es, obviamente, una mera pretensión inducida, repito, por los media.
Nadie en su sano juicio puede jugar a ser perfecta en su rol de esposa, madre, ejecutiva o funcionaria, deportista, buena amiga y mujer sexy a la vez. No hay horario ni organismo que lo permita. Somos capaces de hacer varias cosas al mismo tiempo, sí, pero no dejando de lado nuestras metas personales, aquellas que sólo nos atañen a nosotras, ni el tiempo que quisiéramos dedicarnos a nosotras mismas.
Aún así, la mayoría de mujeres "modernas" lo intentan; ser mujeres sobresalientes en todo y, al no lograrlo, como es lógico, el resultado es la frustración.
La frustración de ser humanas y no Diosas.
Nos consolamos con los media, como cualquier persona.
Y el media consuela en primera instancia, aunque retro-alimenta salvajemente la frustración en un secundo tiempo.
El mito femenino, inherente a cada cultura, refleja la profundidad de pensamiento de un pueblo, su capacidad para ahondar en los misterios y alabar la vida. Cada una de sus representaciones existe en el subconsciente común de cada civilización.
Ojalá no estemos remplazando esos mitos por uno nuevo.
Entristece y embrutece que basemos nuestras promociones en una representación de mujer
pueril, artificial o decadente. Un mito basado en los miedos y los deseos del "hombre", ése que tampoco existe, y que aniquila la esencia de todo lo que representa lo femenino y su inabarcable mundo.
Quién sabe si baste con hacer la vista gorda, elegir entre las revistas y dentro de la oferta en carteleras, cambiar de canal cuando empiecen los anuncios y no fijarse demasiado en los carteles por la calle.